Después de la epopeya


Por Gabriel Arturo Castro

                                     

La novela posee una función reveladora de aspectos ocultos, latentes o inconfesados de la vida social, política, sicológica, cultural o económica de una nación. Llega a significar la realidad si es el resultado profundo de un trabajo de abstracción sobre ella, es decir, si logra concatenar la reflexión sobre la vida y la forma estética.
Al expresar a la sociedad la novela evidencia  su naturaleza social, esclarece el sentido y el valor de nuestra condición. Intenta ubicarse en lugares y fechas exactas, pero a la vez produce un hecho estético, un arte y un género que pueda suscitar una lectura sociológica o histórica y no una exclusiva descripción de inventario.
La novela traduce relaciones interpersonales, da razón de las encrucijadas, la cotidianidad, presencia narrativa de vidas humanas, sus personajes, sus circunstancias, protagonistas que han brotado de la sociedad viva de cada época.
Al advertir el ideal humano, los valores en el momento en que se gesta la obra, la novela se funde con la sociedad en la cual se difunde, reflejándola también como documento histórico. Seignobos solía decir que para los historiadores la novela era un medio de conocimiento de la vida real, pública o privada de los hombres, su sensibilidad, su representación del mundo.

La novela así ordena las imágenes, los sucesos, las atmósferas propicias, el discurso histórico que proviene de documentos originales; la ficción, de este modo, hace olvidar que los hechos referidos pertenecen a ese discurso, “propugnando la ilusión de espacializar un tiempo bloqueado”, según Jitrick, actualizando ese tiempo. A través de los argumentos, la resolución de las situaciones, la constitución de la intriga, el novelista escapa a todo estado de pureza, de fidelidad total a la descripción, e integra lo histórico a una estructura narrativa, a su tejido de ficción, imaginación y labor creativa.

Encontramos el nexo entre la “verdad” y la ficción, en cuanto a narración construida  relaciones precisas y fundadas). “Pero, ¿de qué verdad se trata para la novela histórica? Pues de la que la historia, como disciplina que tiende a reconstruir los hechos, ofrece para respaldar la novela”, se pregunta y responde Noé Jitrick.
Por ejemplo, al releer Guerra y Paz, la célebre novela de León Tolstoi, es posible actualizar la representación de la vida rusa y traerla a nuestro plano de escasa humanidad. Tolstoi  la escribió en el curso de cinco años y fue publicada en 1878.
Sobre el fondo de grandes acontecimientos históricos desde el principio del siglo XIX, la campaña de los rusos en Prusia con la batalla de Borodín y el incendio de Moscú, se entrelazan las vicisitudes de dos familias rusas, los Bolkonski y los Rostov, entre cuyos miembros se halla como eje de conexión la figura del conde Pierre Bezuchov, en torno al cual se estrechan los numerosos y complicados hilos que parten de las dos crónicas familiares, así como se estrechan ellas en la mente del escritor.
¿Cómo nos reflejamos en esta epopeya? Es muy posible que la analogía se pueda realizar sobre la detallada caracterización sicológica de los personajes: los soberbios que se eternizan detrás del poder; los excelentes padres; las exuberantes y bellas mujeres; la madre ejemplar; el mundo de la avaricia; el valor de los hombres sencillos y la esperanza que surge después de toda adversidad.
Tolstoi dejó su enseñanza: es el espíritu de las masas, su voluntad y heroísmo, los factores decisivos de los grandes acontecimientos de la historia, idea que no dan jamás las monografías históricas acerca de la guerra, es decir, una mirada equilibrada entre lo heroico y lo ingenuo; la alegría y el dolor; el valor y el pánico. En esta famosa novela se encuentra
el preludio literario que el hombre se plantea después de Hiroshima y Nagasaki, el mayor genocidio de la humanidad.
David Krieger afirma que desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, ha habido una lucha por recordar. La historia de estos ataques difieren de forma radical entre lo que se ha dicho en EE.UU. y lo que narran los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki. EE.UU. lo describe como un triunfo de la tecnología y un triunfo en la guerra. Ve la bomba desde arriba, desde la perspectiva de los que la soltaron. Para la gran mayoría de los estadounidenses, la creación de la bomba es un logro tecnológico de magnitudes extraordinarias que generó el arma más poderosa en la historia bélica. ¿Por qué el sacrificio de 200.000 víctimas en Hiroshima y otras 100.000 víctimas de Nagasaki, y de los más de 500.000 cánceres causados por los ensayos nucleares?, se pregunta A. Embid.
"¿Vosotros decís que la buena causa es la que santifica incluso la guerra? Yo os digo: la buena guerra es la que santifica toda causa", escribía Friedrich Nietzsche.
El mundo de la  guerra está marcado por la ceguera, el quiebre de la magia, la tragedia de la inutilidad, el sentido del absurdo. Absurdo porque la fuerza destruye y crea, destruye poderes ya creados, afirma o impulsa otros, brutales, justos o injustos, apasionados o radicales.
Aterrador espectáculo que Albert Camus vería varios lustros después, cuando, a su manera, tuvo la facultad de imaginar el abismo de la irracionalidad que se abre donde la razón finaliza, el absurdo mediante el cual el hombre pierde su alma y su sensibilidad. De Camus diría Sartre que “su terco humanismo, radical y puro, austero y sensual, libraba un combate riesgoso contra los eventos masivos y deformes de este tiempo. Pero, al contrario, como la terquedad de sus negativas, se confirmaba, en nuestra época, contra los maquiavelistas, contra el becerro de oro del realismo, la existencia del hecho moral, pues la moral, tomándola aparte, exige a la vez la rebelión y la condena”.
El hombre está avasallado por un  mundo deshumanizado, privado de principios y de fin. Únicamente sobreviven la demencia, la cólera, la arrogancia, la alienación, la decadencia de la bondad y solidaridad, lugar donde igual recordamos a Dostoievski: la esperanza parece extinguirse en el horror, en la arbitrariedad del poder, en la muerte y sus guerras injustas. La civilización está cercada, aseguró Yeats, bajo el terror de la ley y la aparente paz, la saquean, la devoran y la descuajan, siglo tras siglo, hasta la desolación.
La causa de la guerra (del germano werra, “pelea”) se deriva del afán de poder, de agresividad, y la caracteriza la necesidad de las clases dominantes de cada Estado de afirmar y ampliar su hegemonía a través de la expansión exterior o de la agresividad interior.
Así, más que cualquier otro hecho, la II Guerra Mundial ha sido la mayor tragedia de la historia humana: el horror de los muertos y los “avances” de la técnica militar que, de nuevo, ponen al mundo al borde del apocalipsis, incluyendo las guerras  y agresiones (la nueva y última colonización imperial) de los inicios del siglo XXI.
En las guerras del siglo XX. afirma Jonathan Glover, la muerte se ha dado en una escala difícil de aprehender. “Todo promedio a partir de las cifras de muertos es artificial, pues alrededor de dos tercios (58 millones) corresponden a las dos guerras mundiales. Pero, de haberse repartido estas cifras de modo uniforme durante todo el período, la guerra habría matado alrededor de 2.500 personas por día, o sea, cien por hora, las veinticuatro horas del día, durante noventa años."
El poder y la guerra, lo sabemos, se explotan con un sentido egoísta, contrario al progreso  social y al desarrollo de la humanidad, porque, como lo afirma Vicente Rojo:
La sociedad sólo ha sabido hasta ahora, en el orden universal, crear estados de paz precarios, bajo el imperio de los fuertes, en contra de los ideales de libertad y justicia y, consecuentemente, sembrando los gérmenes materiales y espirituales llamados a fructificar en nuevas guerras.   
(Desde tiempos remotos, dice Michael Ende, “hemos desencadenado una guerra despiadada contra nuestros propios hijos y nietos, contra las generaciones futuras. Les dejaremos un mundo devastado. Pero tranquilizamos nuestra conciencia suponiendo que a ellos ya se les ocurrirá algo para remediar nuestras infamias”).