Escritores musicópatas


Por Fabio Martínez
El síndrome del violon d’Ingres es un fenómeno maravilloso, que como lo señaló Óscar Collazos, en relación con la obra pictórica del escritor cartagenero Gustavo Tatis, se produce, así mismo, en el campo de la música. Cuando un escritor sufre de literatosis (enfermedad crónica de muchos escritores), o se encuentra al final de su vida, por lo general, acude al llamado del violon d’Ingres para descansar de la litera-dura y dedicarse a algún hobby o entretenimiento.  A veces, este oficio que lo hace como un aficionado se llega a convertir en algo tan profesional, que muchas veces desplaza su quehacer cotidiano. 
En su juventud, Boris Vian y Julio Cortázar, influenciados por el jazz que se instaló en la Francia de las posguerras, descansaban del oficio haciendo arpegios en una trompeta con sordina. Vian imitaba al gigante de Louis Amstrong; Cortázar, por su parte, intentaba acercarse a la tesitura de Dixie Gillespie. André Breton y los surrealistas inventaron la escritura automática, como una suerte de improvisar sobre el teclado de la máquina de escribir.
Fatigado de su vida literaria, Felisberto Hernández quiso volver al piano que lo acompañó desde su infancia y Enrique Martínez Estrada, lleno de bilis debido a un olvido inmerecido, al final de su existencia recibió clases  de violín, y en algún momento soñó con  volverse concertista.
Cuando visité a Fernando Vallejo en la calle Amsterdam de México, el autor de El desbarrancadero, lo primero que me mostró fue un piano negro de cola donde él se sentaba a tocar todas las mañanas.
En mi juventud, alguna vez escuché la voz atronadora de Manuel Mejía Vallejo acompañada de una guitarra rasgada por Fernando Cruz Kronfly; cuando viví en Bogotá, los poetas Rafael del Castillo, Joaquín Mattos y Guillermo Linero, asiduos inquilinos de las Residencias Haragán, acompañaban al poeta Fernando Linero que tocaba el piano todas las noches en los hoteles de la ciudad.
En mi largo viaje por las letras he conocido poetas que cantan con metrónomo y narradores que tocan maracas con partitura.
He sabido que Miguel Iriarte siempre ha soñado dirigir una big band; desde su juventud, el narrador caleño Sandro Romero Rey ha hecho parte de bandas de rock; y el poeta Carlos Patiño ha sido durante años, el bam boy de la agrupación de rock Superlitio.
Para desterrar la abulia literaria, mi violon d’Ingres es el saxofón tenor, que con los años, se ha convertido en mi segundo saxo.
La música antes que nada/ que tu verso sea la cosa en vuelo/ y todo lo demás es literatura. Verlaine dixit.