¿Plagio, imitación o coincidencia?


Por José Luis Díaz-Granados*
Dicen que las ideas, como los temas de la buena poesía, están en el aire. Por eso no nos debemos asombrar si un poeta australiano le canta a una mujer mulata de ojos dorados que viste una camisa púrpura y se desmaya cada vez que se pone el sol, y resulta que a una dama con iguales rasgos, colores y vahídos, también le está cantando un vate en Bolivia.
Son los componentes de la atmósfera los que llevan a uno y a otro aquella carga emocional tan detallada.
En épocas muy anteriores al internet, y en otro terreno, el científico colombiano Federico Lleras Acosta murió en El Cairo de física ira, al comprobar que su remedio contra la lepra había sido descubierto y patentado años atrás por un sabio japonés.
Hasta ahí la coincidencia. Otra cosa, necesaria y edificante, es la influencia. El tono elocuente y el ambiente exuberante de Los funerales de la mamá grande de Gabriel García Márquez acusa marcada influencia de El Gran Burundún-Burundá ha muerto, diatriba retórica de su coterráneo Jorge Zalamea, quien a su vez estaba influido por el Elogio de una reina africana de Saint-John Perse.
En materia literaria aparecen a menudo asuntos que no parecen ser muy coincidenciales. El personaje de Don Juan, por ejemplo, fue exprimido hasta la saciedad por Lope de Vega, Tirso de Molina, Corneille, Moliére, Pushkin, Merimés y Byron, hasta que el español José Zorrilla logró darle su real dimensión en su célebre Don Juan Tenorio. Pero hasta mediados del siglo XX, Georges Bataille y Tennessee Williams seguían escudriñando las entrañas de ese individuo amoral y fantoche.
Cuando Pablo Neruda, en los albores de su vida literaria, publicó su famoso libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada, fue acusado de plagio por quien después se convertiría en uno de sus más entrañables amigos, y acaso, en su mejor biógrafo: Volodia Teitelboim.
Dejemos que el mismo Volodia nos cuente el episodio: "Un día, en El jardinero de Radindranath Tagore, me sonó en el oído el número 16 de Veinte poemas de amor. Comparé los textos. Eran casi iguales. Sólo que, como dijo años más tarde el poeta mexicano Efraín Huerta, me quedo una y mil veces con la paráfrasis de Neruda".
El texto de Tagore en su poema 30, decía: “Tú eres la nube crepuscular del cielo de mis fantasías. / Tu color y tu forma son los del anhelo de mi amor. / Eres mía, eres mía, y viven en mis sueños infinitos”.
Y el de Neruda en su poema 16: “En mi cielo al crepúsculo eres como una nube / y tu color y forma son como yo los quiero. / Eres mía, eres mía, mujer de labios dulces, / y vives en tu vida mis infinitos sueños”.
Pero bueno, y sobre esto ¿qué dijo el propio Neruda? Cuando el libro estaba ya en la imprenta, el poeta le pidió a un amigo que le recordara incluir una advertencia sobre la paráfrasis de Tagore. El amigo le dijo: "No sea tonto, Pablo. No lo haga. Lo acusarán de plagio. Será una propaganda sensacional y el libro se venderá como pan caliente".
En realidad Neruda escribió la paráfrasis de aquel poema sólo para complacer a Teresa, su musa, que admiraba mucho a Tagore.
Por lo demás, para aprender hay que imitar. Los estudiantes de bellas artes comienzan por copiar los retratos, los paisajes y las naturalezas muertas de los pintores clásicos. El mismo Neruda en sus memorias dice:
"Yo no creo en la originalidad. Es un fetiche más, creado en nuestra época de vertiginoso derrumbe. Creo en la personalidad a través de cualquier lenguaje, de cualquier forma, de cualquier sentimiento de la creación artística (...) Sin embargo, es esencial conservar la dirección interior, mantener el control del crecimiento que la naturaleza, la cultura y la vida social aportan para desarrollar las excelencias del poeta".
Y agrega: "En los tiempos antiguos, los más nobles y rigurosos poetas como Quevedo, por ejemplo, escribieron poemas con esta advertencia: Imitación de Horacio, Imitación de Ovidio, Imitación de Lucrecio".
Los inquisidores policiales del plagio se agradaban en descubrir supuestos calcos en la obra del dramaturgo Bertold Brecht. Éste, haciendo gala de exquisito humor, afirmaba al respecto: "Marx dice que la tierra no es de nadie. Y si la tierra no es de nadie, mucho menos las palabras".
Vargas Llosa ha afirmado más de una vez que cuando un texto ajeno pasa a integrar una obra, ya pertenece a esa obra. Así, el Quijote estaría repleto de párrafos ajenos, pero que ya son definitivamente del Quijote. Lo mismo pasa con la vasta obra de Shakespeare y la de Goethe (especialmente en el Fausto de éste último).
A propósito de Shakespeare, es una escena del acto V de Ricardo II, el personaje clama: "Yo he gastado mi tiempo y me han gastado". Borges en El otro, el mismo, dice tranquila y dulcemente: "Has gastado los años, y te han gastado".
Los ejemplos son infinitos, sobre todo con la llamada "doble columna", en la que se constata un posible plagio.
Sin embargo, a veces el plagio supera lo plagiado. Dicen que el colombiano Porfirio Barba-Jacob calcó su poema "Canción de la vida profunda" de un texto de "En los bordes del jarrón" del francés Alberto Samaín. El de Porfirio es de todas maneras, uno de los más bellos de la lírica latinoamericana: “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, / como las leves briznas al viento y al azar, / tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría... / la vida es clara, undívaga y abierta como el mar”.
En cambio sí que nos parece grave cosa cuando un autor en la cumbre de la celebridad, como Camilo José Cela, después de haber ganados premios Nobel, Cervantes, Príncipe de Asturias, Reina Sofía y Planeta, a los 85 años, haya plagiado la novela de un anónimo concursante que participaba en un evento del cual Cela era jurado ---según denuncias públicas que estremecieron el mundillo cultural español---, y la haya publicado poco antes de morir con el título de La cruz de San Andrés, con mucho éxito crítico y de ventas. Ni le agregó nada a su gloria y en cambio culminó de manera “non sancta” su controvertida parábola literaria.

José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946). Poeta y novelista colombiano. Su novela Las puertas de infierno (1986), fue finalista del Premio “Rómulo Gallegos”. Sus libros de poesía se hallan reunidos en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).